Venganza ginecológica

Sumayi y yo estuvimos de novios 7 años y casados 4. Me hizo debutar, me convidó mi primer cigarro de marihuana y me presentó a la mayoría de mis amigos actuales. Me enseñó filosofía y religión orientales. Me convertí al budismo por ella, y hubiera ido caminando hasta el Polo si me lo hubiera pedido.
Fuimos felices. Compartimos todo y disfrutamos de la vida.
Pero un día, sin previo aviso ni señal alguna de que algo andaba mal, se fue con Peter, un médico 5 años menor que ella y 20 menor que yo, compañero de trabajo de ambos en el hospital.
De todos los hombres de la ciudad, tenía que ser un conocido común. Fuimos y somos la comidilla de todo el hospital.
Tengo que verlos cada día, y a menudo no puedo evitar almorzar en la misma mesa que él. Hace ya un año de mi separación, y no lo puedo superar.
Me mortifica pensar en todos los compañeros que conocen al dedillo la historia, y que seguramente disfrutan cada vez que Peter y yo nos cruzamos en la cafetería o en el pasillo. A mí se me anuda la garganta y se me pone pálido el rostro.
No puedo renunciar a este trabajo todavía, ya tengo 42 años y no buscan enfermeros gordos y mediocres en ningún otro lado. Tengo que esperar a jubilarme, o a que me echen y me paguen indemnización.
Peter no es mal tipo, pero tiene poco tacto. Habla de Sumayi delante mío como si fuera cualquier otra. No tiene pudor en contar públicamente lo apasionada que es en la cama.

No sé si Sumayi cambió muchísimo o si Peter exagera. No es posible que una mujer de 27 años y un hombre de 22 hagan el amor 5 veces en un día. 3 a la mañana y 2 en la tarde, en todas las posiciones, con aparatos, cremas y pastillas. Sumayi fue siempre muy recatada conmigo, y un orgasmo convencional cada varios días era todo lo que ocurría. Si con él es una salvaje, ella está en deuda conmigo. Y si él exagera, es él quien está también en deuda conmigo.
Necesitaba hacer algo para no morir de una úlcera. Planeé la venganza con anticipación. Sumayi se atiende una vez al año con un ginecólogo del hospital. Sé donde guarda sus fichas y estuve a menudo en los consultorios de la planta baja donde atiende.

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Supe la hora en que había citado a Sumayi con dos días de anticipación. Alquilé una cámara espía y la disimulé adentro de un botiquín. La dejé en lo del ginecólogo un rato antes de que viniera Sumayi, sin que me viera nadie.

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