Mi primera amante

Soy Ludmila, tengo 17, y siempre pensé que me gustaban solamente los muchachos. El verano pasado viajé con mis padres de vacaciones a un hotel en la playa, donde me aburrí de lo lindo, hasta que aconteció lo que paso a relatar.
Una tarde decidí visitar el gimnasio. Hice algo de ejercicio, pero luego de puro aburrida me puse a mirar a los demás. Nada que me interesara demasiado. Tipos atléticos sólo preocupados de sus músculos, gays mirando a los musculosos, y niños pequeños perdiendo el tiempo.
Me fui a duchar y allí ví a una chica algo perdida. Miraba al suelo como buscando algo, luego se devolvía, se agachaba, pero parecía no encontrarlo.
- Qué buscas? – le pregunté con toda la intención de ayudarla- Me miró, se sorprendió de que una desconocida le hablara, parece que eso para ella no era normal, aún así me sonrió y me explicó:
- Perdí un anillo, es importante para mí, no sé qué voy a hacer si no lo encuentro.

- Te ayudaré a buscarlo, cómo es?
- Mmm, es una argollita negra, con unos dibujitos, no sé explicarte bien.
Buscamos la dichosa argolla por más de 15 minutos, sin éxito, finalmente ella la dio por perdida y entonces nos presentamos:
- Creo que es mejor dejarlo así, ya no importa, de todas formas gracias. Oye, mi nombre es Marité, tú cómo te llamas?
- Ludmila -le di la mano- mucho gusto y tú también estás de vacaciones?
- Si, vine con mis papás y unos socios de ellos, en cuanto a amigos eres la primera, ellos vienen con su grupito y me trajeron porque no quisieron dejarme en casa.
La miraba, me dio sus explicaciones, parece que necesitaba hablar con alguien, caí en el momento justo, me bañé y me pidió que la acompañara a su cuarto.
Con Marité hicimos una linda amistad. Tenemos gustos parecidos; nos encanta arriesgarnos a lo mismo, poco falta para completarnos las frases; realmente nos caímos muy bien, por eso pasamos la mayoría del tiempo juntas. Afortunadamente le caí bien a sus padres, la dejan ir conmigo a todas partes. La cuidan más que a una bebé a pesar de tener 16 años.
En fin, nos teníamos demasiada confianza y gracias a ella descuidé a mis papás, al r esto de mis amigos y a los planes originales que tenía al venir aquí; a Marité le he tomado un cariño tremendo, me hace recordar esas amistades con las que podría pasar todo el día sin cansarme, realmente las 24 horas del día se quedaban cortas frente a todo lo que hacíamos y sobre todo a lo que disfrutábamos. En menos de un mes ya éramos casi mejores amigas y hacíamos planes para seguirnos viendo y hablando cuando nuestras vacaciones acabaran, ya que obviamente, ella vivía en otra ciudad a casi cinco horas de la mía.
Un día, cansadas por un juego de Volleyball, subimos mi habitación para cambiarme de ropa y luego nos fuimos a la suya para que ella hiciera lo mismo. Una vez en su cuarto encontré un chocolate y se lo pedí, soy muy golosa. Lo abrí y empecé a comérmelo, casi sin masticarlo, y cuando quedaba sólo una pastilla recordé que Marité estaba conmigo y me pareció bastante incómodo que ella le hubiera robado el chocolate a su padre para dármelo y yo no le hubiera dado nada, así que me acerqué por detrás y mientras ella estaba de espalda, con una risilla pícara le metí la pastilla en la boca fuertemente sintiendo su lengua con mis dedos y lastimándome con sus dientes, ella se asustó y se volteó sorprendida y riendo: -
- Qué estás haciendo? Casi me hiciste morderme la lengua! Además me untaste toda!
La miré y vi el chocolate regado sobre la comisura de sus labios, me reí, luego me acerqué para limpiarle con los dedos el chocolate que yo misma le había regado. Pero seguía sucio, y ella trataba de alcanzar la mancha con la lengua y no alcanzaba. Me resultó gracioso y le dí un lengüetazo en la mejilla. Ella me respondió con otro igual.
Empezamos a luchar a la guerra de las lenguas, muertas de risa. Hasta que me animé a lamer su boca. Ella se sonrojó y se quedó un momento inmóvil.
Nos quedamos mirando profundamente a los ojos. Fue una situación bastante extraña. Yo estaba acostumbrada a mirar esos ojos cuando hablábamos hasta de las cosas más simples, pero esta vez el silencio, el ambiente y ese hueco que sentíamos en la atmósfera hizo todo más extraño, a tal punto que sin saber cómo y porqué nos acercamos y nos dimos un suave beso en los labios. Sentí la suavidad de estos, la adrenalina alborotada al máximo, esas cosquillas en el estómago y un impulso irrefrenable que no sabíamos de donde venía. Era la primera vez que le daba un beso a otra mujer en los labios, me separé un poco y la volví a mirar, sentía que era mi amiga, con la que en menos de un mes había vivido mil momentos inolvidables, que la quería, pero que esta sensación me estaba embriagando a tal punto que ni podía comprender lo que hacía y porqué.
Nos acercamos de nuevo y esta vez tomé su cara en mis manos antes de darle un beso mucho más profundo, donde nuestras lenguas se encontraron y se saborearon gustosamente, sentí sus brazos rodeándome, sus manos acariciando mi espalda, subiendo al cuello, las mejillas, la cintura, explorando delicada y tímidamente mi cuerpo, mientras yo le acariciaba el cabello y abría de vez en cuando mis ojos por pequeños instantes para ver su expresión. Yo pensaba que Marité se molestaría conmigo por todo esto. Para mí era una locura pero era imposible evitarlo y me encantaba la forma en que nuestras lenguas se exploraban y en que nuestros cuerpos temblaban frente a esta nueva experiencia, yo nunca había deseado a una mujer, no las miraba con morbo, pero ahora, con mi amiga así, besándome apasionadamente, abrazándome, tocándome la espalda y moviendo suavemente su cabeza para sentirme mejor, sentí que las cosas habían cambiado, pero no sabía hasta qué punto. En medio de los dulces, embriagantes, tiernos y contagiosos besos que nos regalábamos, Marité llevó sus manos desde mi espalda hasta los escasos botones de mi blusa, mientras me empezaba a desabrochar uno a uno y a meter con mucha timidez su mano hasta sentir mi piel.
Estábamos desenfrenadas, contagiadas por los besos de hacía unos minutos. La recosté en la cama y ya sobre ella le besaba el cuello, las orejas, la frente, pero era inevitable volver a esos labios, que obviamente ya no sabían a chocolate, pero tenían ´algo´ que los hacía irresistibles. Me sentí mucho mejor cuando su voz entrecortada me confesó que sentía lo mismo de mis besos. Sentí de nuevo sus manos en mi blusa, quitándomela del todo, tocándome violentamente, tratando de abarcar con sus suaves manos todo lo que más podía; con gran esfuerzo me separé por un instante de sus labios y bajé quitándole hábilmente la blusa y desabrochando, gracias a sus movimientos, su sostén, hasta tocar sus senos suaves, duros y excitados, los lamí con gran agrado, mío y de ella que ya había comenzado a gemir silenciosamente. Me separé un minuto y me desabroché el pantalón, ella se había quedado mirándome ahí acostada en la cama como pidiendo una explicación.
Aún sentíamos ese ambiente extraño, pero ya estábamos algo alteradas por ese libido incontrolable que se había despertado en ambas, una vez estuve sin el pantalón, los zapatos y las medias me acosté de nuevo sobre ella sólo con la ropa interior y la besé nuevamente; Marité me desabrochó el sostén también y halando ágilmente las tiritas lo quitó casi de inmediato. Con un furtivo movimiento se puso sobre mí y separándose, se desabrochó también su pantalón quitándoselo tan rápido como pudo. Para mi sorpresa hizo lo mismo con la tanga y quedó totalmente desnuda, se agachó y me besó los pezones. Yo también estaba gimiendo, luego, con una destreza increíble me arrancaba nuevos gemidos al lamer suave pero firmemente todo mi abdomen a medida que iba bajando más y más, hasta llegar a mi entrepierna, donde me quitó la tanga rápidamente y hundió su cabeza en mi vagina. Abrí bien las piernas y me dejé hacer, sintiendo como iban y venían enormes oleadas de placer, cada vez que Marité me lamía el clítoris y me introducía un dedo en mi muy mojada vagina me arrancaba gritos de placer. En mis experiencias heterosexuales había disfrutado un montón, pero tal vez por el hecho de que Marité también era mujer me estimulaba justo en los lugares donde era incontrolable la sensación. Mi amiga se veía increíblemente hermosa, agachada sobre mí, con sus manos apretando fuertemente mi cintura. Con el vaivén de nuestros cuerpos mi orgasmo no se hizo esperar mucho y me vine entre jadeos, gemidos y gritos, casi ahogándome por el placer experimentado.
Sin poder recuperar aún la cordura me senté como pude y miré a Marité. Ahora era yo la que tenía que devolverle el favor, había disfrutado como nunca e ideaba la manera de hacer retorcer a mi amiga tanto o más que yo. Cuando estuve totalmente recuperada me le lancé violentamente a Marité, la besaba tanto y tan profundo que sentía como su respiración se entrecortaba tratando de sobrellevar su creciente excitación; le apretaba las tetas, bajaba hasta ellas y las chupaba enérgicamente, yo me había puesto a cien de nuevo, pero había jurado no dejar descansar a Marité hasta verla retorciéndose inconteniblemente en un orgasmo sin igual: -
- Ludmila, ommmnnnnffff, méteme el dedo, ahhggg, me estás matando de gusto, ommnnnfff, métemelo Ludmila, ommfff!! Decía en medio de mis besos y sus jadeos, pero quise hacerme rogar un poco más, cuando iba a hablar hundía más profundamente mi lengua y no la dejaba decir nada.

Los magreos en su busto habían aumentado también de velocidad, sabía que Marité estaba a punto de correrse, pero aún así no quise introducirle los dedos en su vagina, no todavía.
- Mmnnffff, Mmmmnnnnfffffff, ahhggg, mmmnnnnffff. Decía fuertemente, tratando de recibir lo que tanto ansiaba, sentí que su corrida era inminente y como pude bajé hasta su clítoris y lo lamí fuertemente, para luego introducir mi lengua lo más profundo que pude, escuchando sus gritos.
Marité estaba experimentando el orgasmo más enloquecedor y descontrolado de su vida, no nos importaba gritar sabiendo que en ese hotel las demás habitaciones podían tener gente, en medio de sus gritos, sus convulsiones y sus sensaciones seguí lamiendo su clítoris e introduciendo un dedo y hasta dos lo más profundo que podía; cuando sentí que Marité había acabado y se estaba recuperando de la vivida sensación me separé de su vagina y me senté en la cama, me encontré con sus ojos aún desorbitados que luego se aclararon y me miraron, sin prestar mucha atención a lo que ambas pudiéramos estar pensando acerca de esa primera experiencia lésbica.
Me hice para atrás un poco y tomé una de sus piernas dándole suaves besos y mientras alternaba para acariciar sus muslos con mi boca y con la yema de mis dedos, llegué de nuevo a su entrepierna y dándome la vuelta quedamos haciendo un 69. Inicié de nuevo mis movimientos bucales en la zona erógena número uno de mi amiga hasta sentir de nuevo sus gemidos y el aumento de velocidad con que ahora ella me chupaba a mí. Ambas estimulamos también nuestra zona anal arrancándonos nuevas sensaciones y llegando a otro orgasmo, no tan arrebatador como el anterior pero muy conveniente de acuerdo a las caricias que nos estábamos dando. Nos sentamos, desnudas, en silencio, le miraba el cuerpo, el cabello, la boca, pero me era imposible mirarla a los ojos, todo estaba regresando a la normalidad del principio, los libidos se habían calmado y las maripositas de nuestro estómago ahora se alborotaban porque no teníamos idea de qué hacer y sabíamos que era urgente acabar con ese silencio. La situación fue algo incómoda, pero sabía que tenía que afrontarla. Sin pensarlo más la miré directamente a los ojos, sintiendo como se me iban las fuerzas, la lucidez y la cordura. Había tenido sexo con mi mejor amiga, con una mujer y sobretodo sabía que lo había disfrutado como nada en el mundo. No podía negar que había sido genial.
- Ludmila -dijo por fin- esto no puede volver a pasar.
- Si, tienes razón -dije sólo por responder algo- esto fue un error.
- Gualter, yo quiero a Gualter. ¿Pero qué fue lo que hicimos?
- No te preocupes Marité, no volverá a suceder. Nos vestimos lo más rápido que pudimos y salimos, era terrible esta situación, dos horas antes no podíamos soportar un segundo separadas, ahora nuestra compañía era lo que nos estaba matando, le pedí que me acompañara a mi cuarto, llegamos y entonces no pude soportarlo más, en el umbral de la puerta le dije lo más claramente que pude.
- Marité, yo sé que todo esto fue una locura, pero yo te quiero, ojalá no lo tomes a mal pero a mí me encantó lo que pasó. No tenemos porqué actuar así, no sé, eso es lo que pienso, ojalá puedas comprenderme.
- Pues a mí también me gustó, yo tampoco puedo negártelo y mucho menos puedo soportar estar así contigo. Ludmila yo te Adoro, por mí no está mal si seguimos con esto.
Me sorprendí, yo pensé que Marité me iba a rechazar por confesarle que ahora aparte de quererla la deseaba, acordamos seguir nuestra amistad ahora con esta nueva y excitante relación. Nuestro paseo continuó mucho mejor, seguíamos haciendo lo mismo que antes pero ahora aprovechábamos cualquier instante para tocarnos disimuladamente. A pesar del miedo de ser sorprendidas que a veces le daba a Marité nos encantaba excitarnos hasta el tope en lugares peligrosos: cuando íbamos en el ascensor, en los baños, en un rincón detrás de una palma en la playa, en las olas en que todo el mundo se despistaba, en la piscina, bajo la mesa del restaurante, en la habitación con sus padres cuando ellos estaban de espaldas, en la parte trasera de las lanchas y otros miles de lugares recónditos protagonistas de nuestras aceleradas calenturas.
Una sola vez me enojé con ella, a raíz de una mentira. Encontré entre sus cosas un frasco lleno de anillitos negros de madera con dibujitos, todos iguales.
- Qué es esto? – le pregunté.
- Un tío mío los fabrica.
- Son caros?
- No, vienen con los envases de yogurt.
Lo del valioso anillo perdido, entonces, había sido un truco barato.
No le dije nada, pero me puso en guardia y pronto encontré otra serie de incongruencias en las cosas que me decía. Pero Marité y yo estamos acordando la manera de vernos cuando nuestras vacaciones se acaben, por nada del mundo vamos a perdernos la pista, el placer es más importante que decir la verdad.

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